SOBRE LA CULPA
Toca sostener y atravesar la culpa que se activa cuando sientes hacer algo y no sientes el permiso de hacerlo. Toca discernir cuando la culpa huele a chantaje.
¿De qué culpa hablamos? Hablo de “esa culpa”. Sí, sabes perfectamente a qué me refiero. La puta culpa. La que tenemos por todo y sin haber hecho nada.
Esa culpa nos acompaña desde siempre. La heredamos nada más nacer. Nos sentimos culpables, simplemente por estar vivos en este mundo de extremos. Donde se pasa de pura a puta en un asalto. De príncipe a demonio en un telediario. De adorado a aborrecido en un suspiro.
Nacemos con culpa. Y nos resistimos tanto a mirarla y a tenerla en cuenta que cuánto más la rechazamos más presente está de múltiples formas.
La cargamos desde el vientre. Y no digo que sea una transferencia de mamá. Hablo de que viene de atrás. De muy atrás. De siglos de aprendizaje y domesticación. De hecho, mamá y papá también viven con esa culpa. La culpa de no llegar. De no cumplir. De suplir expectativas ajenas. De no poder defraudar. De vivir de miedo al castigo y a la falsa autoridad.
En ese clima de elevada conciencia moral, ahora todo, hasta lo más liviano nos genera culpa y malestar.
Culpa por no tener ganas de hablar con las madres del cole que me ponen la cabeza como un bombo, mientras yo necesito silencio, calma y tranquilidad.
Culpa por no tener energía para ir al gimnasio a las ocho de la tarde, debería cuidarme y estar en forma pero estoy agotada, y no sé si escuchar el cuerpo o a mi mente obstinada en empujarme a hacer lo perfecto a través de la culpa.
Culpa por no hacer lo que hacía hace un año o veinte, mientras creo que todos los demás si pueden. Ellos pueden con todo, reuniones, conversaciones, grupos, actos sociales. Y yo ¿por qué no puedo? ¿qué me pasa?
Eso es la culpa. Es esa emoción secundaria que se despierta dentro de mí para “obligarme” a llegar, aunque no quiera, aunque no pueda, aunque mi alma sabia me esté guiando oportunamente hacia mi verdadero destino.
Tranquila, se amable contigo, escucha tu cuerpo, no te fuerces ignorando las señales que llevas tiempo recibiendo y te hablan clara y rotundamente.
Toca atravesar la culpa. Sin esquivarla. Más bien, escucharla y atenderla.
La culpa no viene para joderte, aunque a ti te joda que te hable. La culpa viene para enseñarte. Para guiarte. Es como un semáforo en ámbar. Te habla de tus líneas rojas. De tus zonas de peligro. De los cruces importantes. De las decisiones que conviene tomar para conquistar tu salud integral, tu bienestar.
La culpa viene para decirte: crece y sé libre.
Y crecer es decidir, elegir, orientarse, hacia lo que tú realmente quieres. Cueste lo que cueste. Y dejarse de vistos buenos. De grupos de pertenencia que no nutren.
Con aprobación o sin ella, más vale que elijas lo que realmente te conviene. Porque el precio que pagas por desatenderte e ignorar las señales tiene un nombre bien claro: ansiedad.
La ansiedad tiene muchos síntomas previos, por si no lo sabes. Aparece lentamente en forma de cansancio, frustración, pensamientos negativistas, autocastigo, etc.
Es un buen momento para serte fiel y atreverte. Y dejar la culpa, de siglos, de generaciones, y transformarla, alquimizarla, del plomo al oro y sembrar nuevas flores: una nueva vida más fuerte y vulnerable -eso que llamamos resiliente- que fuerte y rígida. Para ello, toca sostener y atravesar la culpa que se activa cuando sientes hacer algo y no sientes el permiso de hacerlo.
Querer vivir sin culpa es ser un niño eterno que no comente errores y, por tanto, no asume responsabilidades. A nivel profundo, es vivir bajo el miedo al castigo y la ilusión del pensamiento mágico que solo ve lo que quiere ver y no lo que realmente es.
El Adulto de verdad sabe que para crecer toca estirarse, y dejar atrás los velos de la ilusión donde uno siempre es puro e inocente. El adulto de verdad se hace cargo de la culpa porque sabe que es el único camino que conduce a la libertad.
El Adulto presente sabe discernir cuando esa culpa es un chantaje, una forma de presión, un dedo que te señala y te somete si no tienes narices de mirarlo de frente. Pero que, si la miras y la atiendes, ves realmente donde está tu parte y que parte toca dejar a los demás, sin trampas ni justificaciones.
La culpa viene del pasado. Es nuestro niño interior buscando cómplices y, sobre todo, alguien que lo ame incondicionalmente.
El niño se culpa. El adulto se responsabiliza. ¿Puedes ver la diferencia?



Menos culpas y más admiración
Maravilloso post Esther, me reconozco en él. He vivido muchos años , bueno, toda la vida con esa sensación de culpa. Esa "culpa" me llevaba a la frustación de no llegar a todo y hoy me doy cuenta de que tan solo tenía que llegar a mí misma. Cuando te conocí,sentía que estaba vacia, que no habia nada dentro de mi,ni chispa,ni fuerzas,ni luz...nada...Gracias por tu trabajo,gracias por hacerme mirar la vida, por hacer mirarme a mi desde distintos sillones del teatro...gracias siempre por todo🙏