MANOS QUE HABLAN
Mi cuerpo expresa lo que mi alma grita, y no muestra por pudor, por temor o por desconexión con aquello que necesito ordenar e integrar.
Me fascinó la Psicosomática Clínica cuando empecé a estudiarla. Me parecía increíble la forma que tiene el cuerpo de expresarse y lo claro que nos habla. Aún hoy, me sigue pareciendo mágico como somatizamos aquello que se agita en nuestro interior. Como se expresa el conflicto y como el Inconsciente busca una solución; dolorosa en ocasiones, desconcertante en otras, inconsciente, como ya hemos dicho, pero intento de solución en todos los casos.
Trabajando con una persona que llegó a consulta "perdida y sin saber quién soy", un día, muy de pasada, me comentó: "ayer fui al fisio por las muñecas que me duelen tanto". Y yo ahí la interrumpí.
Espera, espera. ¿Vas al fisio por dolor de muñecas?
Sí. Es que ya no puedo ni conducir de lo que me duelen. Bueno, el fisio ya me ha dicho que no puede hacer nada más por mí. Mañana voy a un osteópata. A ver si me puede ayudar.
¿Te duelen tanto como para no poder conducir? repetí yo, lenta y conscientemente.
Sí, es horrible.
Aunque su dolor físico nunca fue su demanda, de hecho nunca lo hubiera sido porque hay personas con altísima tolerancia al dolor, no pude evitar hacerle esta reflexión: Mira, espera. Vete al fisio o al osteópata pero fíjate en esto. Las muñecas son las articulaciones que unen la mano con el resto del cuerpo. Son el puente entre lo que mi cerebro ordena o necesita y lo que finalmente mi mano ejecuta. Si hay un conflicto muy fuerte entre lo que pienso y lo que siento frente a lo que realmente hago, quizás la muñeca se va a bloquear. Es su forma de expresar. Es como vivir atada de manos, pero a nivel psicológico. Quiero algo pero no puedo. Vivo atrapada.
Sus ojos empezaron a brillar. Muchas veces ese es el signo evidente de que hay una conexión profunda, un resentir, un vibrar ahí. Ojos que brillan son mentes que conectan, corazones que laten y almas que despiertan.
Emocionada y boquiabierta, su respuesta fue: “Es que es eso justo lo que me sucedió la primera vez que me pasó. Me sentí atada. Como si no tuviera escapatoria. Recuerdo aquel momento como si fuera hoy”.
Y yo podía observar sus ojos brillantes atando cabos y soltando amarres, al mismo tiempo.
Dolor de muñecas. Atada de manos. Atrapada. Sin poder decidir ni actuar de acuerdo a su verdadero sentir de corazón. En este caso, atrapada entre las expectativas de la familia de origen y las de la familia política, donde diariamente hace un esfuerzo enorme de complacencia y adaptación. Cuando se roza la sobreadaptación, el cuerpo físico va a manifestar el dolor emocional no expresado. Muchas veces, un dolor autoimpuesto. El dolor de la exigencia y la búsqueda de reconocimiento.
Lo que mayormente sucede cuando actuamos para los demás es que pocas veces recibimos el reconocimiento que creemos merecer. Lejos de sentir la grandeza de nuestro sacrificio, sentimos la desolación de que nunca es suficiente y de que no se nos ve.
Yo no tengo porque cumplir expectativas ajenas.
Me apeo de la autoexigencia de ser tan responsable que cargo con vuestras piedras, en mi mochila emocional.
Os corresponde a vosotros llevar vuestra carga, vuestro entramado personal, canalizar vuestras decepciones y expectativas. A mí me corresponde hacerme cargo de las mías. Tomar la riendas de mi vida para dejar de dolerme de lo que quiero y no puedo, o de lo que no quiero y me obligo a hacer.
Todavía me sigo sorprendiendo de la magia del cuerpo que expresa tan gráficamente eso que nos perturba por dentro. Cada órgano o tejido implicado tiene una significación especial. Traducir esos síntomas a nuestro lenguaje hablado es la magia de la terapia psicosomática.
Y en el momento en el que tomamos conciencia, algo dentro del cuerpo hace click. Se libera el impacto emocional retenido. Se sueltan nudos profundos. Los síntomas comienzan a desaparecer porque el conflicto se hace consciente. No es una toma de conciencia solo mental. Es integral. El cuerpo entero responde a esa reconexión y libera lo retenido. Como una palanca que levanta la compuerta de la presa y el agua retenida comienza a fluir.
En otra ocasión vino una persona con fuertes dolores en la muñeca con la que escribía. Estaban a punto de operarle del túnel carpiano por esos dolores que tanto le afectaban ya. Yo le plantee que reflexionara si había algo en su vida que le supusiera un gran conflicto entre su conciencia y su comportamiento. De repente, sus ojos se abrieron como platos y confesó que llevaba muy mal un asunto laboral, la presión que padecía para firmar informes en contra de su voluntad: la traición a su ética personal. Tenía que firmar algo en lo que no creía pero que le garantizaba su sueldo. Su muñeca mostraba el dolor de eso que vivía como inmoral. Su toma de conciencia fue brutal. Lloró, se asustó y comprendió el significado de la coherencia interna. Y rápidamente sus dolores desaparecieron y para asombro de su médico la operación programada ya no tuvo lugar.
Sería saludable, para todos, plantearnos si somos fieles a nuestra voz interior y cuánto de nuestro ser sagrado hipotecamos para encajar, pertenecer y no molestar.
Psicosomática: mi cuerpo expresa lo que mi alma grita, y no muestra por pudor, por temor o por desconexión con aquello que necesito ordenar e integrar.


