¿Recuerdas cuando de niños nos enfadábamos y algún adulto nos proponía o nosotros mismos decíamos hacemos las paces?
Está claro que las paces no se hacen porque alguien te lo sugiera u ordene. No basta con decir hacemos las paces ni basta con querer liquidar algo rápidamente, sin haberlo elaborado antes. Hay cosas pequeñas que no tienen importancia pero hay muchas otras que silenciamos porque fueron grandes para el alma sensible de aquel entonces y, por tanto, dejan una huella considerable.
Todo eso que en su momento hizo bum-bum en el corazón genera duelos bloqueados donde la emoción de dolor perdura en el tiempo, como un pus enquistado que pronto o más tarde necesitará limpieza y orden.
Hacer las paces requiere coraje porque invita a reflexión y autocrítica. Nos cuesta menos buscar culpables.
Se estila mucho también lo de perdonar, “te perdono”, como si quien perdona pudiera erigirse en juez y, por tanto, condenar o salvarte. No, no, ni hablar. Solo yo puedo perdonar mis propias faltas, porque es mi responsabilidad darme cuenta y hacerme cargo de la culpa, si la hubiera.
Es honesto decir: “lo siento mucho, lamento lo que ha pasado”. Es un reconocimiento al otro y al daño generado. Pero si pido que alguien me perdone, “perdóname”, sin haber integrado el daño que he causado, le estoy pidiendo en realidad que se haga cargo del peso de mi culpa.
Si, por el contrario, pretendo perdonarte me hago más grande que tú: “te perdono”. Me coloco por encima, en calidad de mejor persona, el bueno, el salvador que está en una disposición moral superior.
- Por favor, perdóname.
- No, ya veré como hago con mi herida, pero no me corresponde a mí perdonarte. Perdónate tú, si puedes.
A hacer puñetas el juego manipulador de la culpa. A tomar viento el juego psicológico de víctimas y salvadores. Que cada cual se empodere y se haga un adulto responsable.
Perdonar es juzgar, mientras que hacer las paces implica un movimiento interno, un acto valiente. Un paso al frente, discreto, silencioso, doloroso muchas veces, invisible aparentemente, que requiere respetar el ritmo sabio del alma pero veraz, sanador, contundente.
Y si no damos ese paso en favor de la paz ¿de quién es el pus de esa herida que aún arde? ¿A quién le quema y le duele? El pus, la herida y el olor a podrido que te jode, se quedan con quien no tiene alma ni arrestos para dar ese paso adelante y se mantiene en sus trece, jodido, herido, víctima y reclamante.
Hacer las paces es un ejercicio de seres humildes, valientes y responsables. De personas que revisan y ponen su parte. De aquellos que se animan a mirar y apuestan por contribuir a templar, a suavizar, a armonizar, a sanar la cólera y la fiebre.

Eso es hacer las paces. Encontrarte contigo mismo y tus demonios interiores. Con tu sombra. Hacerte cargo de lo que dentro de ti se mueve y solo si estás preparado y en coherencia con eso que sientes, avanzar y tender esa mano que dice: “aquí estoy. Aquí me tienes. Somos iguales”.

