CAPERUCITA
Esa loba interna que sabe cómo, dónde, cuándo y con quién.
Los cuentos infantiles son una buena forma de expresar los arquetipos psicológicos que nos habitan. Cuando niña, mi padre me narraba cuentos, eran relatos mágicos de lamias y sorginas, mitad inventados, mitad heredados, retazos de sabiduría ancestral donde reinaba la fantasía, la picaresca y la mitología.
De los cuentos clásicos de la literatura, Caperucita siempre me gustó. Me fascinaba ese adentrarte sola por el bosque, me gustaba esa labor de atender a la abuelita y me atraía la figura del leñador que con su hacha "reparaba" el entuerto.
Caperucitas hay muchas. Están encarnadas por esas mujeres resueltas cuya niña interior creció en la autonomía y la fortaleza. No son tan romanticonas como las Cenicientas, pero sí tan luchadoras y resilientes como ellas.
Las Caperucitas son valientes, intrépidas, curiosas, obedientes y salvajes. ¿Se puede ser obediente y salvaje al mismo tiempo? Se puede. Ya lo creo.
En ocasiones, Caperucita no sabe que es el miedo. Su percepción del miedo está inhibida. Tira para adelante y avanza. Es una buscadora incansable.
Es el arquetipo de la mujer salvaje que conquista su libertad después de haber atravesado muchas pruebas de validación, pertenencia y merecimiento. Ha querido ser alguien dentro de lo establecido hasta autoproclamarse libre de tabús y convenciones sociales.
En nuestros días, Caperucita es una mujer todo terreno. También hay hombres que encarnan este arquetipo. Lo mismo valen para currar, ordenar o planificar que para correr una media maratón o subir al monte y, a continuación, hacer la compra y preparar la cena, que después de explorar toca maternar y paternar.
Caperucita está acostumbrada al alto rendimiento y cuando se adentra en el bosque, da rienda suelta a su anhelo de libertad que es muy grande. Ese es su llamado de alma: justicia y libertad.
Y como le sucedió a Caperucita, rara vez alcanzan su libertad hasta que no han atravesado una experiencia radical de muerte y renacimiento. Caperucita renace después de haber traspasado la traumática experiencia de ser tragada por un lobo disfrazado de relación importante. El lobo puede ser esa relación pasional que te mata mientras dice que te ama o ese trabajo que te asfixia mientras te habla de planes de promoción y desarrollo personal. Caperucita no puede soltar ese vínculo puñetero así como así, porque está hecha para aguantar y cruzar bosques en medio de la maraña y de la oscuridad.
En el cuento, el lobo se disfraza de abuelita. Como Caperucita es tan responsable y obediente cumple su mandato aunque huele rápido y ve de lejos, que algo raro ocurre. Caperucita es de cumplir con los objetivos y de cumplir su palabra. Si recibió el mandato de entregar la cestita a la abuelita y aceptó el compromiso de hacerlo, allá que va. A muerte. Caperucita además de intrépida es noble de corazón. Hará de su compromiso personal su misión y no incumplirá lo pactado porque "ser un fraude" y defraudar son palabras que sacuden su alma.
Por eso, aunque recibe señales de que algo no va bien y hay peligro inminente, no querrá ni podrá atender esas señales. Primero está el deber y cumplir con lo pactado. Pondrá por delante cumplir la palabra dada y entregar la cestita. Luego, con suerte, escuchará las señales de alerta que se hacen inminentes:
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor.
- Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!
- Son para verte mejor.
- Abuelita, ¡qué boca más grande tienes!
Caperucita es muy perceptiva pero, como al principio, los mandatos están por encima de su intuición, se dejará comer, si no puede escapar a tiempo. Se dejará consumir en una relación afectiva, personal o laboral que le está devorando, hasta que esté al límite. Caperucita es muy potente. Aguanta. Es fuerte.
Caperucita está muy bien acompañada. Está bendecida y protegida por las hadas del bosque. Tiene mucha gente que le quiere y quiere protegerle. Por ejemplo, sus amigas le dicen: "oye, ten cuidado, ¡no ves que es un narcisista!". Y Caperucita que es una tía salvaje y a la vez sensible dice: "que no, que vosotras no le conocéis como le conozco yo. Es que cuando estamos bien, estamos muy bien. Es tierno y, no sabéis pero, tiene unas heridas de la infancia tan grandes. Yo le conozco bien."
Caperucita es optimista. Y de tan optimista, es algo negacionista. Niega el peligro y las fatalidades. No es de hacer drama. Es de hacer comedia y de reír por no llorar. Si puede, claro. A veces, la catástrofe llega y llora por mares, entre sorprendida y angustiada de que algo así haya podido pasar sin ella percatarse.
Pero cuando a Caperucita le atraviesa el puñal que le mata y le obliga a rehacerse, ya no hay criatura del bosque que pueda traicionar sus instintos salvajes. Ahí es cuando Caperucita aprende a guiarse por su lado intuitivo, por el latido del corazón, por su naturaleza salvaje. Su clarividencia es sentir y hasta que no lo siente, no le vale. Ahora lo que piensa o dice es insuficiente. La clave está en el cuerpo, que nunca miente.
Caperucita aprende a confiar en las evidencias que han atravesado su cuerpo: siente y pre-siente. El gran camino de crecimiento y afirmación de Caperucita es aprender a escucharse, para validar esas señales.
Hubo un tiempo en que Caperucita, por muchos motivos diferentes, abandonó la senda de esa escucha consciente. Se desconectó de sí misma, de su cuerpo, de la fuente. Se enchufó al pensar, analizar, interpretar, psicoanalizar y repensar todo, una y mil veces. Cuando esto acontece, puede llegar a la parálisis por análisis. Exceso de análisis mental y carencia de instinto ancestral.
Caperucita puede llegar a perderse. Y creer que va a enloquecer, si cede a la mente el control de su corazón. Puede llegar a desorientarse de tal manera que ya no sabe cuándo tiene sed o hambre. Lo ha racionalizado todo. Y pregunta a otros porque ya no sabe. La ansiedad le puede. La angustia le come. Ha anulado la escucha del cuerpo que le habla sabia y amorosamente, y le guía con claridad hacia dónde conviene orientarse y de dónde urge marcharse.
Caperucita es una superviviente. Un ave fénix. De cada crisis sale fortalecida y renovada. Cada golpe contundente es una cura de humildad que le hace mostrar todo su brío y su brillo.
Caperucita se recupera al reconectar con su naturaleza pura y salvaje.
Reconectar con el cuerpo, al que lleva tiempo sin atender de manera templada y consciente.
Reconectar el latido del corazón central y la pulsión del vientre para volver a estar Viva y Presente.
Reconectar la escucha activa de las señales y validar su sexto sentido, que nunca falla ni miente.
Reconectar los instintos ancestrales de la mujer salvaje, esa loba interna que habita en nosotras y sabe cómo, dónde, cuándo y con quién. Sabe liderar, cazar, compartir y amar. Sabe aullar de dolor y lamerse las heridas en un rincón recóndito del bosque. Sabe habitar el día y sabe transitar la noche.
Reconectar la fuerza e intuición del alma que nos invita a ser y a vivir como esa criatura libre, vibrante, instintiva, firme, sensitiva, apasionada y apasionante.
Caperucita, ¿te reconoces?



Me reconozco.
Gracias ❤️
Impresionante!